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Felicidad

Vivo en un país libre,   cual solamente puede ser libre  en esta tierra,   en este instante,   y soy feliz   porque soy gigante.    Pequeña serenata diurna. Silvio Rodríguez. Hay días en los que uno amanece claro y feliz escuchando la pequeña serenata, como si regresase del monte, quién sabe, a lo mejor de algún sueño florido y montaraz, y le sonríe a la vida. El horroroso bochorno se fue, ya estás en septiembre, ese mes que tanto te gusta, revolotean en tu cabeza cientos de golondrinas en forma de alegres canciones aladas. El lado más racional y más imbécil de tu cabeza, casi tan aguafiestas como ese tipo que pulula por la Junta Municipal del barrio, te quiere cortar el rollo convenciéndote de que solo son ilusiones (benditas ilusiones), que todo está igual que ayer.  Pero tú ignoras esas apreciaciones y canturreas: " Felicidad qué bonito nombre tienes... " y te sonríe la chica marroquí de la frutería, te habla de sus largas ...

Aquellas noches

Tengo la sensación de que siempre he andado trasteando con esto de los blogs. En el anterior publiqué esta pequeña historia, allá por el 2013, que me da muy buen rollo y me ha dado por rescatarla aquí. Sólo corrijo alguna coma y algunas erratas, aunque ahora cambiaría bastantes cosas.


Imagen de autoría desconocida.

Al fin llegó la tarde del viernes, la vida estaba fuera de aquel instituto, que parecía encerrado en si mismo. Estaba fuera y estaba muy viva. Solo había que esperar a que cayese la noche o cayese el sol según se mire.

El ritual era recurrente, comenzaba en el suburbano. Por los intestinos de la ciudad Tomás podía observar un catálogo de seres variopintos, la mayoría se desplazaban con el mismo propósito pero con distinta estética, distinta actitud. Le encantaba este momento, a cada grupito o a los que como él iban solos les asignaba una zona de marcha. Estas niñas tan bien vestiditas y tan tontitas a Bilbao, estas otras también muy arregladitas pero con un toque alternativo a Alonso Martínez. El punky del fondo del vagón a la Plaza del 2 de Mayo. Seguramente se acabaría cruzando con él, en algún momento.

En Alonso Martínez emergía a la superficie y se dejaba caer hasta Malasaña, andando tranquilamente hasta la plaza del Madroño - nunca supo si era su nombre real, con lo fácil que hubiera sido  comprobarlo - pero había otras cosas más importantes como la música que surgía de las guitarras de Alfredo y Joaquín, sus compadres de correrías nocturnas. Conseguían hacer un corro a su alrededor, donde las risas femeninas abundaban, la cerveza y el humo pasaban de mano en mano.
Joaquín había sufrido un flechazo en lo musical, le había dado por Extremoduro, sin tregua. Tenía ya muchas tablas con la guitarra, era mayor que sus colegas, y podría tocar mil cosas. Eran los tiempos del Agila, cuando empezaron a tener éxito a nivel comercial.

Siempre había movimiento en la plaza, los que iban a los chinos a por liquido, los que venían de algún garito, alguna vez se asomaban los municipales... Pero invariablemente ese día sonaban en acústico las canciones de Extremoduro.

En algún momento de la noche Tomás acabo sentado al lado de una italiana de aspecto delicado, pelo negro corto, cara de luna inmaculada. Empezaron a hablar dios sabe de qué. Las palabras  con ese acento suyo y el deje madrileño de él fueron acercando sus rostros hasta que sus labios se encontraron. Un momento mágico. El momento que con el tiempo, unos breves minutos, se convirtió en destello. La bella ragazza enfiló calle arriba con un grupo de compatriotas. Justo en ese momento, cantaba Joaquín:

"... yo ya empiezo a notar desbordarse:
los pantanos de toda Extremadura."

La siguió con la mirada hasta que desapareció. Pero la noche lo bueno que tiene es que no se acaba hasta que sale el sol. Nuestros ya queridos chicos, cansados del sedentarismo placentero (de plaza, me acabo de inventar el significado) deciden moverse, con muy poco dinero en los bolsillos, pero eso no era un problema mayor, con no acercarse mucho por la barra. La psicodelia del Chill Out, El Grial... El Sitio, ya en Chueca, era un lugar genial a altas horas de la madrugada. Con la gran ventaja de que ya estaban muy cerca de Cibeles y era fácil vislumbrar caras conocidas que habían hecho recorridos parecidos.

En Cibeles finalizaban estas noches, esperando al nocturno correspondiente. Los de nuestros tres protagonistas no coincidían, así que como este humilde narrador no es omnisciente, se queda con Tomás. Aquí volvía a desarrollarse un ritual, como al principio. Si ya estaba el bus había que esperar a que llegasen los que faltaban porque salían todos de golpe. Pero primero había que subir al bus como es obvio. Parece un detalle menor pero  Tomas solía olvidar guardar unas monedas para pagar el billete y en verano no tenía abono. El conductor un hombre con barba, rechoncho y de aspecto agresivo inspeccionaba a todos los que en cola subían las escaleras, no sea que alguien osase colarse. No sabia muy bien como, pero nunca se quedó en tierra. Tampoco sabía cual era la señal, pero Tomás, ya un tanto perjudicado, flipaba con el instante en el que los buhos arrancaban y se dispersaban para conquistar todos los rincones de la periferia. En veinte minutos estaba en casa, era lo bueno que tenía "El Barbas" que iba a toda caña y se saltaba algún semáforo que otro.

Y así acababa este sueño nocturno, entrando silencioso en casa, buscando la cama.

  

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