Extramuros hace frío, hay que abrigarse cuando cae la noche, los atardeceres, más que bonitos, son melancólicos. Cuando uno frena y consigue al fin descansar, cesa el ímpetu y la ilusión por acceder al recinto amurallado, hay que saber esperar a que llegue el momento. A que las puertas se abran y chirríen los goznes. Entonces se siente cierta paz, cosquilleo y otra vez, el inevitable frío que no llega a calar los huesos, pero deja las yemas de los dedos ateridas. Es entonces cuando aparecen los fantasmas y, como ya me los conozco, son viejos conocidos, los ignoro o trato de hacerlo, no obstante, al cerrar los ojos, ya en la cama, es inevitable dejarse llevar un rato por sus cantos de sirena. Extramuros de tus labios, como te digo, siento el vacío. Una oquedad que estoy aprendiendo a manejar, si es que esto es posible. La relleno con risas y conversaciones, trato de no pasar mucho tiempo solo. Es como ponerle puertas al campo, porque el agujero, como un cráter, sigue en todo el ...
El pasado mes de octubre ha sido, para mi, una etapa muy fructífera en cuanto a lo de escribir. Días de recoger lo sembrado como en una vendimia tardía. También, no lo voy a negar, ha habido alguna desilusión, pero el cómputo global ha sido más que positivo y todavía quedan algunas cositas por concretar. Por poner solo un par de ejemplos, La sabiduría de los líquenes ha sido publicado en el número de octubre de la revista chilena Entre paréntesis y El licántropo ha hecho lo propio en Huellas de tinta . También gané unos libritos muy chulos de la Editorial Almadía en una dinámica veraniega con otro microrrelato y ya digo que hay bastantes cosas pendientes.