Extramuros hace frío, hay que abrigarse cuando cae la noche, los atardeceres, más que bonitos, son melancólicos. Cuando uno frena y consigue al fin descansar, cesa el ímpetu y la ilusión por acceder al recinto amurallado, hay que saber esperar a que llegue el momento. A que las puertas se abran y chirríen los goznes. Entonces se siente cierta paz, cosquilleo y otra vez, el inevitable frío que no llega a calar los huesos, pero deja las yemas de los dedos ateridas. Es entonces cuando aparecen los fantasmas y, como ya me los conozco, son viejos conocidos, los ignoro o trato de hacerlo, no obstante, al cerrar los ojos, ya en la cama, es inevitable dejarse llevar un rato por sus cantos de sirena. Extramuros de tus labios, como te digo, siento el vacío. Una oquedad que estoy aprendiendo a manejar, si es que esto es posible. La relleno con risas y conversaciones, trato de no pasar mucho tiempo solo. Es como ponerle puertas al campo, porque el agujero, como un cráter, sigue en todo el ...
Me dejo caer dando un paseo por la carretera que sube hacia Alfoz, pero en sentido contrario, hasta el promontorio rocoso donde está el cementerio adosado a la iglesia de San Pedro (el actual templo data del siglo XVII) en Cangas de Foz . Nada más llegar, me recibe a modo de elegante anfitrión un imponente moral negro ( Morus nigra ). Se estima que se trata de un ejemplar bicentenario, catalogado como Árbol Senlleiro por la Xunta . Me plantó allí en apenas cinco minutos, el mejor momento es un par de horas antes del atardecer y lo más recomendable es hacerlo ligero de equipaje: un cuaderno, algo para escribir y el móvil en modo avión, o mejor, apagado, que no dé el coñazo. Te vas a encontrar un lugar donde se podrían hacer los encuentros de escritura al aire libre más inspiradores que hayas podido soñar. Detrás del pequeño cementerio hay una inesperada pradera y una larga línea de silvas (zarzas), a modo de frontera silvestre entre el verdor y unos imponentes acantilados, ...