Me dejo caer dando un paseo por la carretera que sube hacia Alfoz, pero en sentido contrario, hasta el promontorio rocoso donde está el cementerio adosado a la iglesia de San Pedro (el actual templo data del siglo XVII) en Cangas de Foz. Nada más llegar, me recibe a modo de elegante anfitrión un imponente moral negro (Morus nigra). Se estima que se trata de un ejemplar bicentenario, catalogado como Árbol Senlleiro por la Xunta. Me plantó allí en apenas cinco minutos, el mejor momento es un par de horas antes del atardecer y lo más recomendable es hacerlo ligero de equipaje: un cuaderno, algo para escribir y el móvil en modo avión, o mejor, apagado, que no dé el coñazo. Te vas a encontrar un lugar donde se podrían hacer los encuentros de escritura al aire libre más inspiradores que hayas podido soñar.
Detrás del pequeño cementerio hay
una inesperada pradera y una larga línea de silvas (zarzas), a modo de frontera
silvestre entre el verdor y unos imponentes acantilados, con lo que, si
gustas, te puedes poner morado de ricas moras. A primeros de agosto ya
están maduras la mayoría.
En la pradera hay un par de bancos
de granito. La parte positiva es que, como el paraje es cero turístico, siempre
están vacíos, lo malo es que muy cómodos no son. Duros como piedras, nunca
mejor dicho. No puede ser todo perfecto. Allí sentado, todavía en agosto,
mientras hacía un descanso en la escritura del borrador de un relato y se iba
aproximando el atardecer, me dio por montarme una teoría pseudo
transcendente.
Imaginé la forma en que preferiría
para pasar a la eternidad, buscando algo diferente a lo que se estila por estos
lares. Uno la palmaría cuando le toque, eso es invariable (el camino que termina
- muere - en el cementerio.) Paso inevitable por la parroquia, pegadita al
Cantábrico, para los temas espirituales y esas cosas. Aquí ya habría que tomar
una decisión, hasta de cuerpo presente nos hacen elegir. Primera opción: el
cementerio tradicional, vetusto y algo decadente. Con sus bellas lápidas
blancas, mucha humedad y algo masificado. Asomado también a los acantilados.
Segunda opción: desembocar directamente en el mar, como lo hace el cercano río
Alemparte. Claramente, me quedo con la segunda y fantaseo con que los océanos
vienen a ser como el cielo y el infierno de los cristianos. Me encomiendo a las
deidades marinas lovecraftianas, entidades cósmicas y primordiales asociadas
con los océanos. Fueron descritas por el genio de Providence y su enorme
círculo de seguidores y escritores afines, creando un complejo y apasionante imaginario
de seres muy inquietantes en continua evolución, especialmente en los Mitos de Cthulhu, como símbolos del abismo insondable y el
terror a lo desconocido. Lo que yo digo: el cielo y el infierno como conceptos
fluidos y entrelazados. Nada del Dios bonachón con barba blanca. Además, sin
angelitos, que dan un poco de grima.
Ya con unas cuantas cuartillas
escritas en tu cuaderno, la mente clara y sosegada, uno no tiene más que
regresar a la casita de la huerta ligero como una mariposa de sangre marrón,
que diría Sabina.
Prácticamente un mes después, ya en Valdetorres, desde esta meseta recalentada, no puedo, y no quiero, evitar sentir morriña y hasta algo de saudade, si me apuras.

Comentarios
Publicar un comentario