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Felicidad

Vivo en un país libre,   cual solamente puede ser libre  en esta tierra,   en este instante,   y soy feliz   porque soy gigante.    Pequeña serenata diurna. Silvio Rodríguez. Hay días en los que uno amanece claro y feliz escuchando la pequeña serenata, como si regresase del monte, quién sabe, a lo mejor de algún sueño florido y montaraz, y le sonríe a la vida. El horroroso bochorno se fue, ya estás en septiembre, ese mes que tanto te gusta, revolotean en tu cabeza cientos de golondrinas en forma de alegres canciones aladas. El lado más racional y más imbécil de tu cabeza, casi tan aguafiestas como ese tipo que pulula por la Junta Municipal del barrio, te quiere cortar el rollo convenciéndote de que solo son ilusiones (benditas ilusiones), que todo está igual que ayer.  Pero tú ignoras esas apreciaciones y canturreas: " Felicidad qué bonito nombre tienes... " y te sonríe la chica marroquí de la frutería, te habla de sus largas ...

Nuestro lugar en el mundo (y la morriña)


Me dejo caer dando un paseo por 
la carretera que sube hacia Alfoz, pero en sentido contrario, hasta el promontorio rocoso donde está el cementerio adosado a la iglesia de San Pedro (el actual templo data del siglo XVII) en Cangas de Foz. Nada más llegar, me recibe a modo de elegante anfitrión un imponente moral negro (Morus nigra). Se estima que se trata de un ejemplar bicentenario, catalogado como Árbol Senlleiro por la Xunta. Me plantó allí en apenas cinco minutos, el mejor momento es un par de horas antes del atardecer y lo más recomendable es hacerlo ligero de equipaje: un cuaderno, algo para escribir y el móvil en modo avión, o mejor, apagado, que no dé el coñazo. Te vas a encontrar un lugar donde se podrían hacer los encuentros de escritura al aire libre más inspiradores que hayas podido soñar.

Detrás del pequeño cementerio hay una inesperada pradera y una larga línea de silvas (zarzas), a modo de frontera silvestre entre el verdor y unos imponentes acantilados, con lo que, si gustas, te puedes poner morado de ricas moras. A primeros de agosto ya están maduras la mayoría. 

En la pradera hay un par de bancos de granito. La parte positiva es que, como el paraje es cero turístico, siempre están vacíos, lo malo es que muy cómodos no son. Duros como piedras, nunca mejor dicho. No puede ser todo perfecto. Allí sentado, todavía en agosto, mientras hacía un descanso en la escritura del borrador de un relato y se iba aproximando el atardecer, me dio por montarme una teoría pseudo transcendente. 

Imaginé la forma en que preferiría para pasar a la eternidad, buscando algo diferente a lo que se estila por estos lares. Uno la palmaría cuando le toque, eso es invariable (el camino que termina - muere - en el cementerio.) Paso inevitable por la parroquia, pegadita al Cantábrico, para los temas espirituales y esas cosas. Aquí ya habría que tomar una decisión, hasta de cuerpo presente nos hacen elegir. Primera opción: el cementerio tradicional, vetusto y algo decadente. Con sus bellas lápidas blancas, mucha humedad y algo masificado. Asomado también a los acantilados. Segunda opción: desembocar directamente en el mar, como lo hace el cercano río Alemparte. Claramente, me quedo con la segunda y fantaseo con que los océanos vienen a ser como el cielo y el infierno de los cristianos. Me encomiendo a las deidades marinas lovecraftianas, entidades cósmicas y primordiales asociadas con los océanos. Fueron descritas por el genio de Providence y su enorme círculo de seguidores y escritores afines, creando un complejo y apasionante imaginario de seres muy inquietantes en continua evolución, especialmente en los Mitos de Cthulhu, como símbolos del abismo insondable y el terror a lo desconocido. Lo que yo digo: el cielo y el infierno como conceptos fluidos y entrelazados. Nada del Dios bonachón con barba blanca. Además, sin angelitos, que dan un poco de grima.

Ya con unas cuantas cuartillas escritas en tu cuaderno, la mente clara y sosegada, uno no tiene más que regresar a la casita de la huerta ligero como una mariposa de sangre marrón, que diría Sabina.

Prácticamente un mes después, ya en Valdetorres, desde esta meseta recalentada, no puedo, y no quiero, evitar sentir morriña y hasta algo de saudade, si me apuras.

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