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Felicidad

Vivo en un país libre,   cual solamente puede ser libre  en esta tierra,   en este instante,   y soy feliz   porque soy gigante.    Pequeña serenata diurna. Silvio Rodríguez. Hay días en los que uno amanece claro y feliz escuchando la pequeña serenata, como si regresase del monte, quién sabe, a lo mejor de algún sueño florido y montaraz, y le sonríe a la vida. El horroroso bochorno se fue, ya estás en septiembre, ese mes que tanto te gusta, revolotean en tu cabeza cientos de golondrinas en forma de alegres canciones aladas. El lado más racional y más imbécil de tu cabeza, casi tan aguafiestas como ese tipo que pulula por la Junta Municipal del barrio, te quiere cortar el rollo convenciéndote de que solo son ilusiones (benditas ilusiones), que todo está igual que ayer.  Pero tú ignoras esas apreciaciones y canturreas: " Felicidad qué bonito nombre tienes... " y te sonríe la chica marroquí de la frutería, te habla de sus largas ...

Animalillos sin domesticar

 



Los días son demasiado largos, qué necesidad de lucirse tendrá allá, en todo alto. En realidad no muestra entusiasmo, siempre tan sólo y tan brillante, parece tan aburrido que ya ni nos mira. Se limita a cumplir con su función y no escatima ni un kilowatio, energía a raudales para todos, en todas las longitudes de onda posibles.


A él le hubiera gustado ser cometa y vagar por los cielos... Que todos conocieran su nombre, el del viejo astrónomo que le descubrió una tarde de verano atisbando el cielo con su catalejo. O ser cometa de papel de seda, de color rosa palo, de manos de niña corriendo entre la ropa tendida. Corretear por las calles empedradas a la hora de la siesta, a esa hora en que solo los niños y los guiris se atreven a salir. Allá por donde Isora y shit cazan lagartijas y se hacen amuletos con sus rabos. Rabos de nube, rabos de abortos de higos aplastados contra el suelo. Los rabos de lagartija de Marsé, de todos los que con tino y determinación escribieron la infancia. Cuando la infancia en verano es más infancia y menos infantil.


En ese verano, otro más, quise abrazar al niño que fui y al que en ese momento fui y al que quise pensar que siempre seré. Sé que tú me ayudarás a no volverme más gilipollas aún, a desmadurar. No te preocupes, ya me he dado cuenta, viniste de tan lejos y me enseñaste el camino. Sé que a veces soy muy bruto, un poco zopenco. Me ha costado tanto acallar el ruido, el estruendo. A veces me siento como la mosca que choca contra el cristal... sólo son imágenes recurrentes.


Me dices, pero papá, tú no ibas a escribir sobre esto. Y que razón tienes, hija, atesoras la sabiduría natural que te confieren los tres casi cuatro años. Sabes que es más sencillo abrir la ventana que romper el cristal a manotazos. Sabes que ahora saldremos, da igual la hora o el calor, que los frutales nos acogerán, nos darán sombra, la de sus ramas y sus frutos. Higos blanditos y carnosos, ciruelas, nísperos y albaricoques. Nos jartamos. Por la comisura de los labios nos resbala un jugo dulzón con una fragancia almibarada, dulzona. Como de gaviotas planeando en el cielo, como de salitre bajo un sol de verano que en lo más alto sueña sin vernos, sueña con volar.


Nosotras echamos carreras... Siempre ganas tú... Pintamos unicornios de todos los colores... Bebemos agua del manantial, a morro, como animalillos sin domesticar.


Eso lo que somos, animalillos sin domesticar.


Dedicado a Zoe.

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