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El discreto encanto de las librerías de pueblo

Van pasando los días y noto que me cuesta encontrar un momento para pasar por aquí y me resulta curioso porque una de las cosas que más me gustan de este insólito mundo es bloguear, algo tiene que haber en ello cuando lo llevo haciendo desde 2004. Pero hoy, en esta mañana ventosa, preinvernal parece que se han alineado los planetas y se ha hecho un claro entre las obligaciones de la vida, total que aquí estoy tecleando, dando la turra de nuevo, nada más deshacerme de el gorro, los guantes, el palestino, el cortavientos... Como dije antes la mañana estaba tirando a glaciar.  Tras dejar a la enana en el cole, hemos ido dando un paseo a la plaza para hacer unas gestiones y como de camino esta la librería me he atrevido a entrar. Digo atrevido, y redundo además en el participio, para enfatizar mi absurdo temor a comprobar si se habían vendido algunos ejemplares de Pinceladas . A veces, nos ponemos en lo peor y me daba vergüenza pasar y preguntar al librero. Algo absurdo porque es un ti...

La calma y la velocidad

El Monstruo de Colores. Anna Llenas.

Siempre digo lo mismo la velocidad no es lo mío, al menos la rapidez, lo mío más bien es la lentitud. La calma que en El Monstruo de Colores se pinta de verde, la paz, el sosiego, la tranquilidad. Las comas y los puntos aparte o suspensivos, la lentocidad como decimos por aquí... Algún día escribiré algo usando esas palabras malditas que se inventa Zoe o nos inventamos entre todas los mamíferos, pero esta es otra historia que será contada en su debido momento. 
A lo que iba es que estoy encantado con la eficacia de este ordenador después de pelear una y mil veces con mi portátil y sus bloqueos, que riete tú del famoso bloqueo del escritorhe decidido, después de pedir el oportuno permiso a su propietaria, utilizar el flamante ordenador de mesa que antes me intimidaba como todo lo nuevo, con su pantalla gigante y su teclado tan pequeño. 
Y es que es otro mundo, otro universo. Solo queda familiarizarse con las peculiaridades de su sistema operativo, aunque mi smartphone es un iPhone siempre he utilizado el maldito Windows y sin demasiada pericia.

Siempre, valga la buscada redundancia, he pensado que corremos demasiado y que a veces no sabemos donde vamos o vamos como pollos sin cabeza. Por correr tanto y querer hacer tantas cosas, muchas veces no las hacemos del todo bien, con oficio, con cariño y quedan tantos flecos. En el mundo laboral esto es palpable, en los trabajos que ya pocas veces son auténticos oficios, prima, con cierta lógica, la productividad, la multitarea, aunque no haya tiempo para ultimar detalles o entender bien los procesos y mucho menos levantar la mirada y ver las cosas con perspectiva. Es lo que hay, tiempos modernos y no los vamos a cambiar ni tú, ni yo. Cada uno en su pequeña parcela se apaña como puede, yo prefiero la vida campestre y ser un eterno aprendiz de uno de los oficios más viejos y bonitos del mundo mientras me gano la vida como mejor puedo.

Pero una cosa es disfrutar del momento, del presente y pararse. Pararse a escuchar el trino de los pájaros o vivir en Valdetorres y observar el amarillo de la flor de los campos de colza en abril y otra luchar contra los elementos, contra la inoperancia, la invalidez desesperante de mi puto fucking laptop.

Y me abrazo a esta potente tecnología, la de la manzana mordida, y con su fulgor y brillantez - parafraseando la Carta al Rey Melchor - "soy capaz de mandar a la mierda mis firmes principios moderados, cambio de camisa y rindo pleitesía a la velocidad. Qué viva el amor, que me convirtió en su esbirro, majestad." 

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