Esta mañana, haciendo scroll en Threads , esa actividad tan peligrosa para la gestión de tu tiempo como a veces, pocas, fructífera, me he detenido en un hilo de @neuroticologico donde lanza una consigna , un inicio para hacer microrrelatos. Lo suele hacer a menudo y salen textos muy interesantes. Se ve que sus seguidores tienen buena pluma. El inicio que nos ha tocado es: ”La casa no era igual…” Aquí tenéis las tres variantes del mío: “La casa no era igual sin ti. Qué pena haberte descuartizado. A veces me arrepiento.” “La casa no era igual sin mí. Qué pena haberme suicidado. A veces me arrepiento.” “La casa no era igual sin ella. Qué pena haberla descuartizado. A veces me arrepiento.” El orden no coincide con el de escritura. Primero fue “ sin ella ”, pero no terminaba de convencerme. No sonaba contundente. Después salió “ sin ti ” y enseguida me pareció que funcionaba mejor. La segunda persona crea un vínculo más fuerte y le otorga más fuerza. Parece que el narrador se d...
Había una vez una nube negra que nunca se precipitaba, permanecía siempre ahí, impertérrita, impregnándolo todo con su ponzoñosa humedad.
Había un viento, desordenado y violento, que era el único fenómeno atmosférico capaz de desplazar nubes negras. Era un viento del norte, racheado, muy molesto… Iba a decir, “frío”, pero no, frío no era. Era certero como una tilde bien puesta, no conseguía desbaratar la nube, ni siquiera tornarla blanca, pero la empujaba lejos, muy lejos. Donde no pudiese molestar a nadie y el sol brillaba. Podía resultar incomodo pero el entusiasmo que brotaba cuando la nube por fin desaparecía hacia que las molestias careciesen de importancia. Malos pelos al viento y a volar.
Había un pueblo secuestrado por lo que parecía un extraño maleficio, sin viento la nube negra no hacía más que engordar. No caía ni una gota desde hace meses, se acumulaba el polvo y una triste primavera trataba de abrirse paso.
Había una vez un joven panadero que amasaba sin parar, no podía hacer otra cosa, así se le antojaba un poco más llevadera la espera. Colones, chapatas y hogazas se acumulaban y se endurecían inservibles por todas partes, demasiado pan para un pueblo tan pequeño.
Hasta que un día las ramas como tentáculos interminables del sauce se sacudieron, primero levemente. Los siete habitantes que aún quedaban en la aldea se juntaron en la plaza de repente, mudos de asombro, cuando ya flaqueaba la esperanza y algunos planeaban hacer las maletas.
Por fin llegó el ansiado viento del norte y lo sacudió todo hasta la conciencia de alguno. Limpio todos los callejones, se llevó algún sombrero y lo más importante, consiguió llevarse la pesada nube bien lejos.
Y volvieron, tímidas las risas y las palabras empezaron a volar, libres. El panadero dejó de hacer pan compulsivamente y el monte se lleno del pringoso aroma de la jara.
Marcelo, el más veterano del lugar, siempre tan pesimista dijo: “disfrutad, que un día volverá” y los demás a coro replicaron “puede ser, pero los demás días no.”

Comentarios
Publicar un comentario