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Pizarnik y la habitación propia

Pizarnik Los diarios de Alejandra Pizarnik son alucinantes, entre otras mil cuestiones nos muestran como una de las mentes más lucidas del siglo XX sufría entre fármacos y diagnosticos imprerfectos. Cristina Peña, una de sus biografas, afirma que:  "Pizarnik tomaba pastillas para todo, para dormir, para despertarse. A partir de cierto momento de su vida, ella es un coctel viviente y, evidentemente, hay un deterioro que se va profundizando." En 1959 la poeta argentina escribio en su diario: " recién termine de leer Un cuarto propio ( Una habitación propia , en la traducción castiza) de Virginia Woolf [...] VW es sencillamente adorable. Pero la siento un poco vieja, como del siglo pasado. Estuve pensando sobre las 500 libras al año y el cuarto propio. Yo tengo un cuarto propio, no tengo dificultades economicas apremiantes, gozo de libertad para ir a donde yo quiera. No obstante, soy el ser menos libre. " Y es que en la sencilla ecuación que planteaba la Woolf, faltab

El viento

Había una vez una nube negra que nunca se precipitaba, permanecía siempre ahí, impertérrita, impregnándolo todo con su ponzoñosa humedad. 


Había un viento, desordenado y violento, que era el único fenómeno atmosférico capaz de desplazar nubes negras. Era un viento del norte, racheado, muy molesto… Iba a decir, “frío”, pero no, frío no era. Era certero como una tilde bien puesta, no conseguía desbaratar la nube, ni siquiera tornarla blanca, pero la empujaba lejos, muy lejos. Donde no pudiese molestar a nadie y el sol brillaba. Podía resultar incomodo pero el entusiasmo que brotaba cuando la nube por fin desaparecía hacia que las molestias careciesen de importancia. Malos pelos al viento y a volar. 


Había un pueblo secuestrado por lo que parecía un extraño maleficio, sin viento la nube negra no hacía más que engordar. No caía ni una gota desde hace meses, se acumulaba el polvo y una triste primavera trataba de abrirse paso. 


Había una vez un joven panadero que amasaba sin parar, no podía hacer otra cosa, así se le antojaba un poco más llevadera la espera. Colones, chapatas y hogazas se acumulaban y se endurecían inservibles por todas partes, demasiado pan para un pueblo tan pequeño. 


Hasta que un día las ramas como tentáculos interminables del sauce se sacudieron, primero levemente. Los siete habitantes que aún quedaban en la aldea se juntaron en la plaza de repente, mudos de asombro, cuando ya flaqueaba la esperanza y algunos planeaban hacer las maletas. Por fin llegó el ansiado viento del norte y lo sacudió todo hasta la conciencia de alguno. Limpio todos los callejones, se llevó algún sombrero y lo más importante, consiguió llevarse la pesada nube bien lejos. 


Y volvieron, tímidas las risas y las palabras empezaron a volar, libres. El panadero dejó de hacer pan compulsivamente y el monte se lleno del pringoso aroma de la jara. 


Marcelo, el más veterano del lugar, siempre tan pesimista dijo: “disfrutad, que un día volverá” y los demás a coro replicaron “puede ser, pero los demás días no.”

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